El verano: una época para practicar habilidades para la vida

Ahora que nos acercamos al final de otro curso escolar, muchas familias esperan con ilusión un ritmo más tranquilo, las vacaciones y poder pasar más tiempo juntos. Aunque el verano es, sin duda, una época para descansar, divertirse y crear recuerdos, también es una oportunidad maravillosa para que los niños sigan desarrollando importantes habilidades para la vida.

Durante el curso escolar, los niños pasan gran parte de su tiempo siguiendo rutinas y cumpliendo unas expectativas establecidas. El verano suele traer consigo nuevos entornos, horarios diferentes, viajes en familia, visitas a parques infantiles, restaurantes, aeropuertos, playas y reuniones con amigos y familiares. Estas experiencias cotidianas brindan a los niños innumerables oportunidades para practicar habilidades como escuchar, seguir instrucciones, mantenerse a salvo, esperar con paciencia, gestionar la decepción, mostrar responsabilidad y resolver problemas de forma independiente.

Como padres, puede resultar tentador centrarse en corregir los comportamientos indeseados cuando surgen dificultades. Sin embargo, algunos de los aprendizajes más valiosos tienen lugar antes de que se produzcan esos momentos difíciles.

Imagina esta situación.

Un padre o una madre recibe una llamada de su pareja durante el día. Su hijo pequeño se ha escapado de un adulto en el parque. Por suerte, no ha pasado nada grave, pero todos coinciden en que escaparse supone un problema importante de seguridad.

Esa tarde, el padre o la madre habla con calma con el niño sobre lo que ha pasado. Le explica por qué es importante no alejarse de un adulto y establece una consecuencia clara en caso de que vuelva a ocurrir. Más tarde, mientras caminan juntos, el niño intenta escaparse una vez más. El padre o la madre interviene de inmediato, aplica la consecuencia y mantiene la situación tranquila y con naturalidad.

El niño está triste. Hay lágrimas, frustración y promesas de que eso no volverá a pasar nunca más. Al igual que muchos padres, el adulto se pregunta si está siendo demasiado estricto. Sin embargo, se mantiene firme, porque la seguridad no es negociable.

Al día siguiente ocurre algo importante.

Antes de salir de casa, el padre o la madre repasa lo que se espera: «Cuando estemos fuera, quédate cerca de mí». Lo practican juntos. Hablan de cómo se traduce eso en mantenerse a salvo. Durante toda la salida, el niño se mantiene cerca, y el padre o la madre se da cuenta y valora este logro.

En las semanas siguientes, el comportamiento mejora notablemente.

¿Qué marcó la diferencia?

Muchos de nosotros damos por sentado que las consecuencias son las que modifican el comportamiento. Sin embargo, las consecuencias por sí solas rara vez enseñan a un niño lo que debe hacer. Simplemente le indican lo que no debe hacer.

Los niños aprenden mejor cuando les enseñamos de forma activa el comportamiento que queremos que tengan. Esto significa que:

• Explicar con claridad las expectativas antes de que surjan problemas.

• Practicar habilidades importantes cuando los niños están tranquilos y preparados para aprender.

• Reforzar constantemente las decisiones positivas.

• Actuar con calma y de forma previsible cuando se traspasan los límites.

Cuando los adultos nos centramos únicamente en reaccionar ante los errores, puede parecer que estamos constantemente apagando incendios. Sin embargo, cuando dedicamos tiempo a enseñar y practicar las normas con antelación, es mucho más probable que los niños tengan éxito.

Este principio se aplica no solo a la seguridad, sino también a situaciones cotidianas en casa y en el colegio: caminar con respeto por los pasillos, turnarse en las conversaciones, resolver conflictos de forma pacífica, cumplir con las responsabilidades y ser amable con los demás.

Como educadores y padres, nuestra función no consiste simplemente en corregir el comportamiento cuando las cosas salen mal. Nuestra función es enseñar. Enseñar requiere tiempo, repetición, paciencia y oportunidades para practicar.

Este verano, plantéate elegir una o dos habilidades que te gustaría que tu hijo mejorara. Quizás se trate de saludar a los demás con educación, ayudar con las tareas domésticas, no alejarse demasiado en lugares públicos, gestionar la frustración de forma adecuada o seguir las instrucciones a la primera. Habla con él sobre lo que esperas de él, dale ejemplo, practiquen juntos y reconoce sus esfuerzos cuando lo consiga.

A veces, esto implica mantener límites firmes, incluso cuando a los niños no les gustan. Los niños no necesitan adultos que tengan miedo de decepcionarlos; necesitan adultos que estén dispuestos a guiarlos. Aunque las relaciones cálidas y de confianza son esenciales, nuestra responsabilidad principal no es ser amigos de nuestros hijos, sino ser sus padres y profesores.

Deseamos a todas nuestras familias un verano feliz y tranquilo, lleno de recuerdos maravillosos y de oportunidades significativas para crecer.

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